Ellas y el fútbol

    “Ellas y el fútbol”. Otra frase que tenemos que escuchar cuando la única razón que encuentra algún iluminado para justificar algo que dijo alguien con quien no está de acuerdo es “Es mujer”. Sobre ser mujer, qué increíble. Y qué momento para serlo. En este último tiempo me he cruzado con miles de textos y manuales sobre qué es ser mujer, cómo ser mujer. Es feo, algo está mal, pero me sirven para darle vuelo a una idea que si no me siento a escribir, pierdo. Es difícil darle forma pero acá voy: Yo, y los que me conocen darán crédito, crecí rodeada de hombres porque desde siempre me gustaron actividades identificadas como masculinas. Dentro de mi inocencia, que por suerte perdí muy adelante cuando tuve la edad suficiente para reemplazarla por confianza en vez de miedo, jamás lo noté. Jamás noté que en casi todo lo que hacía era la única mujer. Parecerá imposible, pero fue así. Una de ellas, quizá la principal, era y es el fútbol.

     Ya de muy chiquita jugaba siempre en los recreos, salía de un colegio que me retenía de ocho a cuatro y media y me iba sin escalas al club a seguir jugando. Durante años mi diversión duraba hasta las seis y media cuando arrancaba el entrenamiento y solo mis amigos seguían jugando. Y yo me quedaba ahí, descalza, sentada en unos banquitos mirándolos, esperando que a alguno se le escape una pelota para poder devolverla, porque no hay nada más lindo que patear una pelota. ¿Por qué no podía jugar yo? Seguramente me haya hecho esa pregunta, pero jamás se me ocurrió responderla con un “soy una nena”. Inocencia pura. Tenía que haber otra explicación que igualmente no me interesaba mucho. Yo era feliz con esos ratitos de fútbol antes de que alguna regla implícita me saque de la cancha. Eventualmente llegó el momento de sumarme a los entrenamientos y ser aún más feliz. Paciencia. No mucho después, llegó un día en el que si ganábamos, éramos campeones. Y ganamos. Qué felicidad, lograr algo cuando no todo depende de uno, por alguna razón, siempre me gustó más. Soy de equipo, parece.

     “Te hizo un gol una mujer”, “Sos muy buena para ser una nena”. Me río, quizá de la cantidad de veces que escuché eso. Y como antes, jamás me gustó, pero tampoco me molestó. No me movía un pelo. Me tomó un tiempo entender el significado, el trasfondo de esas frases. Para cuando lo hice, decidí usarlo para mi ventaja. Fue una reflexión interna, propia. Entendí que haciendo lo mismo que mis amigos iba a recibir el doble de atención solo por ser una nena. Viva, pero por eso alguna vez me marcaron a mí en vez de a mi amigo, quien pudo hacer el gol. ¿Qué hice para llevarme dos marcas y que mi compañero quede solo? Nada, lo mismo que ellos. Pero era una nena y se sintieron más amenazados por mí que por él.

     ¿Eso significa que no sentí nada cuando entendí qué querían decir con eso? No, sentí mucha bronca, pero la usé distinto, porque sabía que quienes estaban equivocados eran ellos. Jamás me hicieron dudar, jamás me sentí fuera de lugar. La misma bronca que tuve cuando tomé la decisión de no jugar más porque estábamos grandes y ser mujer se hacía más y más un obstáculo. Hoy, más de 10 años después, me sigo sorprendiendo con la entereza con la que tomé esa decisión, mía y solo mía, a una edad en la que uno quiere hacer todo y generalmente puede, porque le da el cuerpo, la vida, el tiempo. Sin esa decisión, no sé si hubiese tenido la confianza para decidir irme del país para —literalmente perseguir un sueño que tenía.

    Si hoy puedo pasar horas en un cuarto a prueba de sonido acompañada solo de hombres es porque hice algo parecido en una cancha y con muchos años menos. Si siento que puedo tomar decisiones creativas, incluso cuando ni yo estoy segura de que vayan a funcionar, es porque crecí en un mediocampo. Si hoy no me intimida para nada ser la única mujer en cuatro de mis cinco clases es porque el fútbol me hizo pasar días enteros en lugares así, siendo más chica, teniendo la mitad de los recursos ¿Me parece injusto? ¿Curioso? ¿Ridículo? Sí. ¿Me genera la misma bronca que me generó entender el significado de “Sos muy buena para ser una nena”? Sí. No hay una explicación lógica para la cual la industria en la que me manejo ahora la de la música esté tan llena de hombres y tan vacía de mujeres. Y que las pocas mujeres que somos sean como yo, las que crecimos rodeada de hombres porque las que no quedan a mitad de camino, solamente agrava las cosas.

    Hoy mi vida es muy parecida a la que tenía cuando era chica, y constantemente encuentro explicación de las cosas que hago en el fútbol. El fútbol y yo. Mi soltura ante una consola que intimida a más de uno es la misma que tenía cuando, con la pelota en los pies, me rodeaban cuatro varones que me doblaban en tamaño y no tenían ningún problema en pegarme si la jugada lo ameritaba. Es un proceso mental mío que muchas veces me hace sonreír porque ni yo puedo creer que algo tan simple y cotidiano como este deporte me haya definido tanto, me haya dado la calle que no me dio la vida, que conmigo siempre fue buena. No quiero pensar cómo sería hoy si no hubiese jugado a la pelota por ser la única nena, si no me hubiese quedado sentada en el banquito esperando a que algún día el entrenador me llame, si no hubiese ganado esa final, si no hubiese pensado una estrategia para transformar esos comentarios en algo positivo.

    Hoy hace dos años entró mi hermano a mi cuarto y me dijo que le faltaba uno para el picadito; pensó en mí. Me divertí como cuando era chica y de nuevo me encontré, como tantas otras veces, en una cancha rodeada de hombres, ya siendo la mujer que soy hoy. Pasional, vaga, procrastinadora, fría para todo lo que sea demostrar amor a algo que no sea mi club de fútbol, dura para llorar, amiguera pero solitaria, combativa, cabeza dura, zurda, feminista. Sobretodo, feminista. Recontra, hasta los huesos. No hay nada de lo que esté más segura que de que las mujeres y los hombres deberíamos tener lo mismos derechos, pero que crecimos en un mundo que nos dijo que no. Ningún renegado me va a convencer de lo contrario, porque lo viví en primera persona. Yo y todas, paradójicamente el machismo no discrimina. Si sos o fuiste mujer, creciste peleándola. Tuviste que hacer el doble de mérito para conseguir eso que tu par hombre recibió haciendo menos. Porque sí, me dieron más atención por saber jugar a la pelota y ser mujer, pero estuve años sentada a un costado esperando a que me dejen hacer eso que ellos pudieron hacer así nomás, por tener el pelo corto y la voz más grave.

     El fútbol, así como lo ven, cachuzo y bastardeado por gente que aprovecha su belleza para hacer monedas, me hizo la mujer que soy. Ni mejor, ni peor; simplemente yo, porque no existe una manera de ser mujer, de ser más mujer. Simplemente se es. Sonará vago, quizá el lector esperaba más, pero esa es mi conclusión: Este deporte me definió como mujer. Por todo esto, por este deporte que me hizo a mí, por mi mamá, mis amigas, por las que pelean todos los días y lo saben, por las que pelean y no lo saben, por las que no están y las que no van a estar es que hoy paro. Desde lejos, hoy mi corazón está en Plaza de Mayo, parando con todas ellas. Yo, y hablo por mí, hoy siento un orgullo incontenible de ser mujer. Y les prometo que la Plaza va a estar llena de mujeres diametralmente opuestas a mí. Que piensan muy distinto, que accionan distinto, que viven distinto; mujeres con las que lo único que comparto es la serie de padecimientos que enfrentamos por, justamente, ser mujeres. Y está perfecto. Será una casualidad, pero curiosamente a mí me toca jugar al fútbol. El ¿destino? quiso que pase mi 8 de marzo jugando a la pelota, como habré pasado tantos otros “ochos de marzo”. Casualidad o no, me parece apropiado. Y después marcharé. Marchamos hoy para que no tengan que marchar mañana. Buscamos ese mundo en el que este día no exista más. Mientras el universo nos obligue a tener un día que nos recuerde —no que nos celebre— feliz día a todas nosotras.Captura de pantalla 2018-03-07 a las 11.07.56 p.m..png

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Bajá la guardia: El feminismo se aprende.

        Mi hermano es mi mejor amigo. Siempre lo fue, nunca nos llevamos mal. Si mi mamá alguna vez se preocupó por nuestra relación fue porque creciendo, usábamos más euforia para pelearnos que para llevarnos bien. Es decir: corríamos desaforados cinco minutos y, segundos más tarde, estábamos sentados jugando a la Super Nintendo sin hacer ruido. Podíamos estar horas. Festejábamos sortear los niveles como festejábamos los goles de Boca. Cuando nos aburríamos, abríamos el cajón, nos calzábamos una camiseta y nos íbamos al jardín a patear. Desarreglábamos los banquitos negros—esos pesados banquitos negros— para que funcionen como arcos, y nos turnábamos para atajar. Esas horas hoy siguen siendo infinitas. Para mí, era como ir al colegio: Aprendía de todo lo que él hacía y decía, pero nunca me sentí menos que él, algo que solo los buenos profesores logran.13523656_10157049668995076_367878356_o      

       Mi hermano, yo lo sé, es feminista. No sé si alguna vez lo dijo, si alguna vez lo declaró. Simplemente lo es porque cree en la igualdad de género. Es una persona justa, luchadora, le gusta informarse, le gusta saber, nunca va a hablar si no siente lo que dice. Y cree en la igualdad de género. La cree de verdad. La cree y la practica. La practica desde que lo conozco —desde que nací. ¿Esto quiere decir que nunca le gritó a una mujer por la calle? No. Como todos nosotros, nació en un mundo en el que eso es norma. Simplemente un día alguien le dijo que eso no está bien y nunca más lo hizo.

      A mi hermano le gusta informarse. Para ser así, se tiene que conservar cierto grado de humildad, porque cuando uno se informa, siempre o casi siempre se entera que lo que creía negro era blanco y lo que creía santo era demonio. Mucha gente —una triste mayoría— ante eso reacciona al revés: denigra la fuente, lo usa para reforzar su postura inicial, porque cambiar de opinión está mal, es de débil, es no tener valores, no tener convicciones. Mi hermano tiene ese grado de humildad que lo hacer poner la otra mejilla cada vez que la realidad le da una cachetada.

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       Mi hermano, yo lo sé, es feminista. Es feminista desde el momento en el que me eligió como compañera de vida. Mi hermano me pateó cada pelota con todas sus fuerzas, y me atajó cada tiro con todo lo que pudo. Nunca menos. Mi hermano me invitó a jugar a la pelota con sus amigos cuando ellos no lo hicieron. Mi hermano me elegía para sus equipos. Mi hermano me invitó a sus asados llenos de hombres. Mi hermano me acompañó a recitales del Indio, de Divididos. Mi hermano me miró con cara de “¿Vamos para adelante?” cuando llegamos al estadio a ver los Stones. Mi hermano vino a bailar conmigo. Mi hermano me acompañó a ver a Boca a incontables estadios. Mi hermano gritó los goles conmigo. Discutió de fútbol conmigo. Mi hermano nunca tuvo ningún problema en “dejarme sola”—como le dirían algunos— en los recitales o en algún estadio. Mi hermano nunca me reclamó una pollera muy corta. Mi hermano nunca me celó un novio. Mi hermano nunca me regaló una caja de bombones. Mi hermano nunca me abrió una puerta. Mi hermano nunca me trató “como a una mujer”. Mi hermano es feminista porque siempre me trató como quise que me tratara: igual que a los demás. Quizá con un poco más de amor, porque después de todo, es mi hermano. Sus regalos fueron libros, o uno de sus sweaters preferidos. No flores.

       Puede ser que gran parte de ese feminismo, que parece innato en él, sea haberme tenido a mí de hermana. Y mi mamá de madre. Y a mi abuela de abuela y mis tías de tías: Todas las mujeres de la familia son o fueron profesionales, estudian o trabajan. Me tuvo de hermana y de chiquito vio a una nena que jugaba y miraba fútbol. Que empapelaba su cuarto con pósters de Boca en vez de princesas. Que miraba Pokémon, no La Cenicienta. Que se vestía como quería, que escuchaba rock, que tocaba la batería. Me tuvo de hermana y se fue a dormir a otra cama para dejarme la suya, donde entrábamos con mi amiga, que se quedó en casa así no volvía sola en el taxi.Screen Shot 2017-03-09 at 12.13.57 PM

       Lo tuve de hermano y aprendí que hombres así existen. Lo tuve de hermano y vi a un hombre tratando bien a su pareja. Llevándose bien con sus ex parejas. Lo tuve de hermano y aprendí a atajar, a patear, que la frase “En dos tiempos” hace referencia a la atajada de un arquero. Que se puede amar a un hombre sin conocerlo —siempre y cuando ese hombre se llame Guillermo. Aprendí que puedo aprender de alguien que aprende de mí. Aprendí a perdonar. Aprendí a quererlo incluso cuando lo quería matar. Lo tuve de hermano y aprendí que el feminismo se puede aprender.

       Hoy veo mucha gente a la que le hizo falta un hermano así. Alguien que le muestre con el ejemplo, siempre al lado suyo, nunca adelante. Porque algún día nos enseñaron que ser “una nena” es un insulto y “hacerte hombre” está bueno. Que las mujeres son princesas y los hombres no lloran. Que las mujeres que le gusta el fútbol son “machos” y eso está mal; y los hombres que bailan son afeminados, y eso…. está mal. Que las feministas son mujeres enojadas que quieren matar a los hombres; que el feminismo es lo contrario al machismo. Para eso es que hace falta alguien como él: no está mal haber aprendido eso. Es lo que nos dijeron. Lo que está mal es nunca ponerse a pensar si, en una de esas, esos conceptos están equivocados. Bajá la guardia, el feminismo se aprende.

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V.

Frank

“I love drawing, house music and my kids.”

-I’m messed up. War messed my head up and things at home weren’t as good as I excepted. I don’t think I’ll ever clear my head.

-You look calm while you draw.

-Yeah.. I should draw more often.

Dibujar le da paz hasta a un veterano de guerra