Bajá la guardia: El feminismo se aprende.

        Mi hermano es mi mejor amigo. Siempre lo fue, nunca nos llevamos mal. Si mi mamá alguna vez se preocupó por nuestra relación fue porque creciendo, usábamos más euforia para pelearnos que para llevarnos bien. Es decir: corríamos desaforados cinco minutos y, segundos más tarde, estábamos sentados jugando a la Super Nintendo sin hacer ruido. Podíamos estar horas. Festejábamos sortear los niveles como festejábamos los goles de Boca. Cuando nos aburríamos, abríamos el cajón, nos calzábamos una camiseta y nos íbamos al jardín a patear. Desarreglábamos los banquitos negros—esos pesados banquitos negros— para que funcionen como arcos, y nos turnábamos para atajar. Esas horas hoy siguen siendo infinitas. Para mí, era como ir al colegio: Aprendía de todo lo que él hacía y decía, pero nunca me sentí menos que él, algo que solo los buenos profesores logran.13523656_10157049668995076_367878356_o      

       Mi hermano, yo lo sé, es feminista. No sé si alguna vez lo dijo, si alguna vez lo declaró. Simplemente lo es porque cree en la igualdad de género. Es una persona justa, luchadora, le gusta informarse, le gusta saber, nunca va a hablar si no siente lo que dice. Y cree en la igualdad de género. La cree de verdad. La cree y la practica. La practica desde que lo conozco —desde que nací. ¿Esto quiere decir que nunca le gritó a una mujer por la calle? No. Como todos nosotros, nació en un mundo en el que eso es norma. Simplemente un día alguien le dijo que eso no está bien y nunca más lo hizo.

      A mi hermano le gusta informarse. Para ser así, se tiene que conservar cierto grado de humildad, porque cuando uno se informa, siempre o casi siempre se entera que lo que creía negro era blanco y lo que creía santo era demonio. Mucha gente —una triste mayoría— ante eso reacciona al revés: denigra la fuente, lo usa para reforzar su postura inicial, porque cambiar de opinión está mal, es de débil, es no tener valores, no tener convicciones. Mi hermano tiene ese grado de humildad que lo hacer poner la otra mejilla cada vez que la realidad le da una cachetada.

13492873_10157042021490076_1031726994_n

       Mi hermano, yo lo sé, es feminista. Es feminista desde el momento en el que me eligió como compañera de vida. Mi hermano me pateó cada pelota con todas sus fuerzas, y me atajó cada tiro con todo lo que pudo. Nunca menos. Mi hermano me invitó a jugar a la pelota con sus amigos cuando ellos no lo hicieron. Mi hermano me elegía para sus equipos. Mi hermano me invitó a sus asados llenos de hombres. Mi hermano me acompañó a recitales del Indio, de Divididos. Mi hermano me miró con cara de “¿Vamos para adelante?” cuando llegamos al estadio a ver los Stones. Mi hermano vino a bailar conmigo. Mi hermano me acompañó a ver a Boca a incontables estadios. Mi hermano gritó los goles conmigo. Discutió de fútbol conmigo. Mi hermano nunca tuvo ningún problema en “dejarme sola”—como le dirían algunos— en los recitales o en algún estadio. Mi hermano nunca me reclamó una pollera muy corta. Mi hermano nunca me celó un novio. Mi hermano nunca me regaló una caja de bombones. Mi hermano nunca me abrió una puerta. Mi hermano nunca me trató “como a una mujer”. Mi hermano es feminista porque siempre me trató como quise que me tratara: igual que a los demás. Quizá con un poco más de amor, porque después de todo, es mi hermano. Sus regalos fueron libros, o uno de sus sweaters preferidos. No flores.

       Puede ser que gran parte de ese feminismo, que parece innato en él, sea haberme tenido a mí de hermana. Y mi mamá de madre. Y a mi abuela de abuela y mis tías de tías: Todas las mujeres de la familia son o fueron profesionales, estudian o trabajan. Me tuvo de hermana y de chiquito vio a una nena que jugaba y miraba fútbol. Que empapelaba su cuarto con pósters de Boca en vez de princesas. Que miraba Pokémon, no La Cenicienta. Que se vestía como quería, que escuchaba rock, que tocaba la batería. Me tuvo de hermana y se fue a dormir a otra cama para dejarme la suya, donde entrábamos con mi amiga, que se quedó en casa así no volvía sola en el taxi.Screen Shot 2017-03-09 at 12.13.57 PM

       Lo tuve de hermano y aprendí que hombres así existen. Lo tuve de hermano y vi a un hombre tratando bien a su pareja. Llevándose bien con sus ex parejas. Lo tuve de hermano y aprendí a atajar, a patear, que la frase “En dos tiempos” hace referencia a la atajada de un arquero. Que se puede amar a un hombre sin conocerlo —siempre y cuando ese hombre se llame Guillermo. Aprendí que puedo aprender de alguien que aprende de mí. Aprendí a perdonar. Aprendí a quererlo incluso cuando lo quería matar. Lo tuve de hermano y aprendí que el feminismo se puede aprender.

       Hoy veo mucha gente a la que le hizo falta un hermano así. Alguien que le muestre con el ejemplo, siempre al lado suyo, nunca adelante. Porque algún día nos enseñaron que ser “una nena” es un insulto y “hacerte hombre” está bueno. Que las mujeres son princesas y los hombres no lloran. Que las mujeres que le gusta el fútbol son “machos” y eso está mal; y los hombres que bailan son afeminados, y eso…. está mal. Que las feministas son mujeres enojadas que quieren matar a los hombres; que el feminismo es lo contrario al machismo. Para eso es que hace falta alguien como él: no está mal haber aprendido eso. Es lo que nos dijeron. Lo que está mal es nunca ponerse a pensar si, en una de esas, esos conceptos están equivocados. Bajá la guardia, el feminismo se aprende.

Screen Shot 2017-03-09 at 12.14.17 PM

 

V.

El relato de Horacio en los oídos de fanáticos de los Beatles

Sería un buen nombre para una banda indie.

Un día me desperté con ganas de hacer todo mal. Así que, faltando a compromisos, partí a la ciudad. Un rato después estaba entrando a un museo que, sigo sin entender cómo, captó mi atención. No, el MoMA no. Tampoco el Met, o el Guggenheim: me metí, descaradamente y descuento como estudiante de Artes Liberales mediante, al Whitney Museum of American Art. Sin entender muy bien cómo están distribuidas las muestras, me metí al ascensor y me bajé aquella primera vez que se abrieron las puertas. Di con una exhibición de fotografía; posiblemente, mi arte preferido —por encima de la música. Si el día en el que me impuse hacer todo mal fuese una persona, ya me empezaba a cagar a bifes, llevándome a un muestra que disfruté más de lo que me hubiese permitido.

Dando por concluido mi rato cultural, corrí al Starbucks más cercano—porque no se puede ser una niuiorquer hecha y derecha sin saber dónde están todos y cada uno de los Starbucks en la ciudad— sabiendo que ofrecen agua caliente gratis. Me metí a un subte que casi cerraba sus puertas y no fue hasta que me senté que comprendí que me apuraba sin ninguna razón. Mi próximo compromiso debía ser emprendido a partir de las 7, y a todo esto, eran las 5.

Di directo con la entrada del parque por la que me convenía entrar, y sentí un enorme orgullo propio, que ahora mismo me da vergüenza, de haber descifrado las incontables variables para salir de las plataformas del subte que me llevaron a salir precisamente donde quería. El spot es el conocido Strawberry Fields, el memorial—y atractivo turístico— a John Lennon. Quizá, mi rincón preferido.

Sí. Mi rincón no es un bar infesto de esos a los que tengo que ir pasadas las 2 de la mañana para poder escuchar algo interesante, o una esquina grafiteada poco conocida y por ende más interesante que las demás esquinas grafiteadas. Mi rincón es el rincón de muchos, estén de pasada o instalados. Es un rincón que aparece en los brochures de I ❤ NY. Tampoco me importa lo suficiente como para explicar por qué es de mis lugares predilectos.

Acompañada por mi leal juego de mate y termo, me dispuse a escuchar a un duo—uno, un corpulento señor que nunca había visto— que, supongo por la hora, se daban el “lujo” de no tocar alguna canción de los Beatles o de John, sino que zapaban muy tranquilos. Cuando me vieron con la guitarra en andas, mi llamaron. Fui. Me preguntaron si quería tocar y mi primera reacción fue decir que no, que gracias, pero me insistieron y, para sorpresa mía, tres segundos después estaba desenfundando la viajera. Cinco segundos después estábamos tocando Blackbird. Un rato después, el gordo señor futuro votante de Trump me presentaba a otra argentina—cuándo no— con la que descaradamente cantamos un tema de Charly.

La cuestión llegó cuando ya casi no quedaba nadie, el sol se escondía muy bien entre los árboles y habíamos entrado en charlas ridículamente políticas. Me preguntaron qué era eso que habíamos cantado, les conté quién es Charly y me pidieron si podía tocar alguna otra canción argentina. Elegí, vaya uno a saber por qué, Pabellón Séptimo. Realmente no tengo mucha idea qué pensé mientras levantaba la guitarra y acomodaba los dedos en forma de Re para empezar a cantarla. Costumbre, quizá.

Cuando me di cuenta, esa soledad se había transformado en un aglomerado de gente que respetuosamente escuchó la canción, sin importar que haya sido en otro idioma, que no sea de los Beatles o de John, o que no haya sido cantada por alguno de los célebres artistas callejeros que tienen “alquilado” ese spot. Una pareja de americanos casi sacados de libro de texto —ella de vestidito y botas, él, camisa manga corta blanca y jean, ambos gordos— se sentó en lo que ya había dejado de ser el banco de los músicos y era ahora un banco con bolsos y fundas. Mirándome, casi contemplándome, me preguntaron sobre la canción y escucharon con mucha atención y sorprendente interés lo que yo pude contarles. Mientras yo relataba, ella frenó a otras dos parejas que venían con ellos para que escuchen. A la pasada, un uruguayo, percatado de mi argentinidad se acercó y me dijo “Temón”.

Creo yo, para el final de una explicación que no pudo haber durado más de cinco minutos, había entre 10 y 15 personas escuchándome.

Miré la hora. Eran las 7.30. Me paré, saludé y combiné el A y el D para llegar al Bronx, donde jugaba Pirlo. A veces, o siempre, cuando quiero hacer las cosas mal, termina saliendo todo espectacularmente bien. Qué contradicción que, por ende, haya triunfado en mi tarea de hacer todo mal.

 

Frank

“I love drawing, house music and my kids.”

-I’m messed up. War messed my head up and things at home weren’t as good as I excepted. I don’t think I’ll ever clear my head.

-You look calm while you draw.

-Yeah.. I should draw more often.

Dibujar le da paz hasta a un veterano de guerra

¿Quién fue?

¿Quién diseñó el mundo? Si hubiese sido yo, esas luces no estarían allá. Este lugar no sería la York más nueva. Se llamaría “Aquel lugar donde hace mucho calor y mucho frío. Donde las hojas de los árboles son naranjas y mañana se tapan con nieve. Donde dos ríos juntan sus aguas sin mezclarlas. Donde sube el terreno al mismo tiempo que se hace amigable para andar y el aire se calienta. Donde una persona son miles. Donde lo más importante es la felicidad de alguien que no existe. Quizá por eso, una oda a la abstracción. A lo absurdo. A lo gigante. Aquel lugar bien chiquito pero eterno. Aquel lugar tan parecido a casa que quizá lo haya sido desde siempre.” Podría usar un acrónimo para facilitar ese nombre, se ve largo, aunque preciso. De cualquier manera, en mi mundo no existe la prisa, así que puedo usar un nombre aun más largo. Nadie se molestaría. Nadie llega tarde siendo que el concepto no existe. La gente y los animales y los vientos coinciden entre sí por la mera decisión de los primeros y el movimiento de la Tierra—que no se llama Tierra— y no por alguna aguja. Cuando alguien, en un brote psicótico que lo llevó al Viejo Mundo por un segundo, pregunta qué hora es, se le dice “La que quieras que sea”. Para ese entonces, ya volvió en sí. Cuando una nueva cara llega a la orilla, se le ofrece un vaso con agua, un lápiz, un papel, una manta y una historia; todos quieren contar su historia cuando llegan, pero también, por algún motivo, les atrae escuchar. En ese caso, la historia, escrita en cualquiera sea su dialecto, estará escrita en aquel papel, que irá a parar a papelería—también llamada Biblioteca— donde miles de historias, en miles de idiomas, reposan. No existe la casa. La gente duerme donde encuentran la cama más a mano al momento en el que el cansancio toca la puerta. No hay día o noche: hay luz y oscuridad. Dos condiciones que son solo una curiosidad. Las actividades no se inician ni se detienen con la llegada de uno u otra. Cuando la oscuridad se hace obstáculo, se espera—unos 20 minutos en el Viejo Mundo— hasta que el ojo se adapte. Llegado un momento de la oscuridad, el ojo verá con la misma precisión que durante la luz. El ojo—el querido ojo— no quiere ver muchas cosas que ve, y se consuela bañándose en agua salada. A veces esa agua cae sin permiso y moja el rostro entero. Cuando eso pasa, está permitido correr y gritar. Alguna vez vi a alguien romper una ventana. Sentado en los vidrios, secó su cara, se levantó y arregló lo que hizo. Los vidrios quedaron tirados. Siempre hay alguien que se encarga de limpiar cuando lo que ensucia es peligroso. Suelo ver siempre a los mismos, cada tanto suman algún primo. Me pregunto si habrán formado algún círculo. Espero que no.

Processed with VSCO with m5 preset

The Time I Fell In Love With Reading

   The title can be misleading. I read. I was always considered “the reader” amongst my peers —and in a country like Argentina, where, luckily, the habit of reading still prevails. So it is hard to imagine a thirteen-year-old reader not already in love with reading. Well, I wasn’t.

   Reading was kind of a habit to me. Like scratching. I read because everyone in my family read: my parents, my older brother, my grandparents, my aunts and uncles. Everyone. Reading was just something we did. We do.

   My story is set in 2008. I had just turned thirteen and was in the middle of my last summer holidays before becoming a high-school student and I had just finished reading the translated version of Harry Potter and the Deathly Hallows. Maybe that can set an idea of my reading target at that time —which, to be fair, is the expected target for the early teen I was. As much as I loved the Harry Potter series and almost every Stephen King book, I wasn’t a fan of novels. I was keener on short stories, something Borges was a genius at, and my house was flooded with Borges’ books.

   I remember looking for new things to read I’d always explore the same section of my parent’s bookshelf, and the same section at my neighborhood’s biggest bookstore, which I knew by heart. I never even thought about taking a look at the philosophy section, or the science section, or—oh, my God, no— the politics section. Until one day, I did. Not because I consciously thought about it. It was more of a careless moment, I didn’t realize what I was doing until I sat down and looked at the cover of the book I had randomly chosen: “Así habló Zaratustra” (“Thus Spoke Zarathustra”). The title already freaked me out. I knew I wasn’t supposed to be reading that. This wasn’t meant to be read by a little girl. I was, for some reason, scared, and I remember thinking to myself “Ok Vali, you were able to finish Cujo, you can do this.” I have to confess I am laughing while writing this.

   With my mind set on the book, I started reading those impossible ideas Nietzsche tries to portray. My face hurt from frowning so much. My fear was replaced by confusion. I grabbed a dictionary, not because I didn’t understand the words, but because the phrases wouldn’t make sense to me, so I thought “Well, maybe these words have some other meaning I don’t know.” The dictionary never helped.

   With time, I started getting a little bit angry. I was not sure why, until I realized that it wasn’t that the phrases didn’t make sense, but that I was not in agreement with them. I also concluded, by doing simple math, that the phrases I was able to understand were not easier or simpler, but I agreed with them. I realized phrases were ideas. Powerful ones. I understood why my mom laughed when I asked her “What’s an ‘overman’?” instead of answering, like she always did whenever I had a question about a book.

   Realizing the source of my anger immediately eased it, and the anger then morphed into curiosity. I wanted to finish that book more than I wanted JK Rowling to release a Harry Potter 8. It took me about two weeks to finish the book. In those two weeks I laughed, I cried, I fought with my brother when he pretended to defend Nietzsche’s male chauvinist ideas just to piss me off, I had some intense conversation with my mom about life, I almost broke my dad because of how many words whose meaning he had to clarify.

   When I finally closed the book, I felt a rush of joy I had only felt a few times before. I didn’t feel empty, like most times. I didn’t ask myself “Ok, now what?” in that urge to go find a new book to read. I just felt happy. For all I knew, I had just finished reading a book I barely understood, a book that challenged me in a way I was not prepared, and I was experiencing a downpour of existential questions. Looking back, I don’t think that is a feeling that I would have chosen to get, but I’m glad I did.

   That book was the first one I read out of pure pleasure and enjoyment, and it made me discover I actually did love reading. Knowing that so many emotions can come from a simple reading made me realize I could be happy with something as easy and accessible as a book. It made me feel powerful. Eventually, I decided to wait a couple of years to reread that book, one of the wisest decisions I’ve ever made. I still keep the book with me, wherever I go. I’ve read it no less than ten times and each time I find some interesting new idea or word.

   I don’t consider it to be like a bible to me: I don’t have a bible. It is more of an amulet. Possibly, one of the reasons that made me leave my country to pursue my passion.

10-11-15

25 grados. Llegó el calor. Faltan menos de 60 días para que termine el año (un año que se está haciendo eterno), pero el calor acaba de llegar. Con lluvias, obvio. Amanecí con un mensaje de mi abuela avisandonos que iba a amasar, así que decidí almorzar con ella. Maio me levantó, juntos levantamos a Juan y con ellos dos comí, mientras la abuela se quejaba de la vida, como de costumbre, y el abuelo miraba la tele, como de costumbre.

En dos días rindo el segundo parcial, último antes del final (si es que me va bien), por lo que la mayoría no está yendo a clases y dedican el día entero a estudiar. Yo, como desde siempre, administré las faltas mal, estoy obligada a ir. No importa, es hasta el jueves y se acaba la cursada. Tuvimos anatomía, y estas clases (como decía en secundaria aunque por motivos completamente distintos) son las que más me gustan: 1) justamente por la poca cantidad de gente que va. 2) porque realmente siento que aprendo. El profesor está casi a disposición completamente mia, atiende cualquier duda, da preguntas parecidas a las que se darán en el parcial entonces me guío mejor en el estudio. Estar obligada a venir a estas clases es un golazo (porque, por más que sepa que están buenísimas, si no estuviese apretada con las faltas, no vendría. Soy así).

Cuando salí, temprano, me cruzó un señor tirado en la calle. Venía rápido, como casi siempre que salgo de la facultad (no sé por qué) y con los auriculares con Los Redondos al mango, por lo que si no fuese por la gesticulación del hombre, ni me hubiese percatado que me hablaba. Frené brusca, pero frené. Cuando logré sacarme los auriculares, él ya estaba a mitad de su discurso claramente armado. Notó mi cara de desconcierto, frenó, sonrió y ya más tranquilo me dijo “Gracias por frenar, nadie me da bola”. Siguió contándome que ayer se le había mojado todo lo que tenía (le creí, ayer llovio no más de 10 minutos, pero fueron sorpresivos y empaparon la ciudad) y que si por favor podía ayudarlo. Antes ya había notado que a su lado tenía una pila de comida -fideos, galletitas, algún paquete de arroz- y del otro, un Termidor. Mi mayor preocupación cuando alguien me pide plata es cómo la va a usar, por lo que el hecho que él me haya pedido mercadería específica me hizo confiar casi todo lo que puedo confiar en alguien, que es mucho. Se excusó del Termidor diciendo que lo toma a modo de analgésico, ya que tenía una operación muy reciente en la pierna (visiblemente destruída), pero no me importó. Tomar toman todas las personas que conozco que tienen más de 15 años, y conmigo, no hay nada que justificar. Mientras me enumeraba las cosas que necesitaba (que eran varias), vi que a un par de metros había un “chino”, así que le propuse guardar lo que tenía y que entremos juntos al mercado, así él me guiaba mejor. Se levantó de un salto con una sonrisa hermosa, me preguntó si hablaba en serio y sin dejar que conteste gritó “Te agradezco tanto”.

Es un ser particular. O no. Pero en el sentido de que, generalmente, la persona que pide mantiene un tono de voz en el que se minimiza, se sobrevictimiza (con razón, claro) y hace todo lo posible para causar una mezcla de lástima y a la vez agradecimiento para con la personas que decide ayudar. Él, en cambio, siempre me habló como un igual, como un amigo, un botija al que conozco desde siempre y me encontré oportunamente para ayudar, por más que me haya nombrado al hijo y sus necesidades varias veces. Mientras yo acomodaba sus cosas en la bolsa que tenía, vi cómo se arreglaba. Sí, se metió la remera en el pantalón, y se acomodó el pelo todo lo que pudo. Entramos juntos, charlando, entretanto, yo intentaba acordarme cuánta plata tenía conmigo o incluso, si tenía. Saqué del bolsillo un billete de 100 y tácitamente acordamos que todo iba a estar destinado a él. El dueño intentó sacarlo. Me preguntó si estaba conmigo y asentí. Sin perder tiempo en comentarios sobre ese pequeño/gigante acto de desconfianza, nos concentramos en lo que necesitaba. Casi todo para el hijo, según iba relatando. Agarró un surtido de galletitas, siempre apuntando al más económico. Varios paquetes de fideos, algunas latas de alimentos envasados, aceite y pan. $82 al mercado para darle los $18 restantes. Abrazo mediante me agradeció nuevamente a lo que agregó “Te debo una”. Ya cuando estaba lista para seguir mi camino hasta el subte, corrió como pudo hasta mi: “No te pregunté tu nombre”. “Valentina, Vali”. “Vali, Mariano”. Sonrisas, media vuelta y ahora sí, seguí mi rumbo.

Hay algo que yo nunca sentí en esas situaciones en las que todos dicen que uno debería sentirse bien. Fueron varias las veces que hice cosas así. Desde los viajes a Chaco con el colegio, hasta los centavos que le pueda dejar a alguien en el tren, nunca sentí esa “satisfacción de dar”. Lo que sí siento es la alegría de conocer gente. Cuando doy plata al que pasa por ahí, no lo conozco. Lo que me traigo de Chaco no es el hecho de que ahora tengan ropa, o que tengan una huerta. Son las charlas. Las mías con Severo, ese enano con el que pasaría mi vida entera charlando. Ese enano que quiere ser arquitecto y todavía, con 13 años, no sabe la tabla del 7 (bah, ¿alguien la sabe?). Me llevo los partidos de fútbol, las guitarreadas. Pensar en eso me saca sonrisas hasta en el subte lleno, yendo a la facultad a las 7 de la mañana. Hoy no me cambió saber que Mariano iba a llevar comida a la casa. Me cambió conocer a Mariano, que tenga un nombre, una historia, una tibia y un peroné quebrados por sacar a su hijo del camino de un colectivo.

Hace ya varias semanas llegué tarde a la facultad porque en la estación de Palermo se bajó un señor con un serio problema para caminar (parecido a mi abuela), estaba solo y decidí ayudarlo. No me fui contenta de haberlo ayudado a bajar los eternos conjuntos de escaleras que van desde el andén del tren hasta el andén del subte. Me fui contenta de haber conocido a Luis, un simpático 70 añero de Hurlingham a quien le encantó conocer “Paisano de Hurlingham”, canción que me ayudó a calmarlo cuando estuvo parado en el mismo lugar por casi 7 minutos sin poder despegar el pie, y ya me quedaba sin consuelos para darle. Me quedo con las historias de su nieta Ayelén quien está terminando la carrera de enfermería, lo que lo llena de orgullo -se le quebraba la voz cuando hablaba de ella-. Me quedo con Matias, el chico que conocimos en el subte y tomó la posta cuando yo me bajé en Facultad de Medicina y ellos siguieron hasta 9 de julio. Matias, que en realidad iba hasta Catedral pero decidió bajarse con Luis y acompañarlo para después caminar las cuadras restantes hasta su trabajo, un cafe a la vuelta del Cabildo.

No sé si será por alguna extraña forma de egoísmo que tengo, de quedarme con las cosas buenas para mi y no las cosas buenas para el otro. Simplemente no me pasó nunca, o sigo esperando, sentir esa sensación de satisfacción después de un acto desinteresado. Y sí me pasa de sentirme bien de irme con una persona más en mi vida, por más que jamás la vuelva a ver.

V-