10-11-15

25 grados. Llegó el calor. Faltan menos de 60 días para que termine el año (un año que se está haciendo eterno), pero el calor acaba de llegar. Con lluvias, obvio. Amanecí con un mensaje de mi abuela avisandonos que iba a amasar, así que decidí almorzar con ella. Maio me levantó, juntos levantamos a Juan y con ellos dos comí, mientras la abuela se quejaba de la vida, como de costumbre, y el abuelo miraba la tele, como de costumbre.

En dos días rindo el segundo parcial, último antes del final (si es que me va bien), por lo que la mayoría no está yendo a clases y dedican el día entero a estudiar. Yo, como desde siempre, administré las faltas mal, estoy obligada a ir. No importa, es hasta el jueves y se acaba la cursada. Tuvimos anatomía, y estas clases (como decía en secundaria aunque por motivos completamente distintos) son las que más me gustan: 1) justamente por la poca cantidad de gente que va. 2) porque realmente siento que aprendo. El profesor está casi a disposición completamente mia, atiende cualquier duda, da preguntas parecidas a las que se darán en el parcial entonces me guío mejor en el estudio. Estar obligada a venir a estas clases es un golazo (porque, por más que sepa que están buenísimas, si no estuviese apretada con las faltas, no vendría. Soy así).

Cuando salí, temprano, me cruzó un señor tirado en la calle. Venía rápido, como casi siempre que salgo de la facultad (no sé por qué) y con los auriculares con Los Redondos al mango, por lo que si no fuese por la gesticulación del hombre, ni me hubiese percatado que me hablaba. Frené brusca, pero frené. Cuando logré sacarme los auriculares, él ya estaba a mitad de su discurso claramente armado. Notó mi cara de desconcierto, frenó, sonrió y ya más tranquilo me dijo “Gracias por frenar, nadie me da bola”. Siguió contándome que ayer se le había mojado todo lo que tenía (le creí, ayer llovio no más de 10 minutos, pero fueron sorpresivos y empaparon la ciudad) y que si por favor podía ayudarlo. Antes ya había notado que a su lado tenía una pila de comida -fideos, galletitas, algún paquete de arroz- y del otro, un Termidor. Mi mayor preocupación cuando alguien me pide plata es cómo la va a usar, por lo que el hecho que él me haya pedido mercadería específica me hizo confiar casi todo lo que puedo confiar en alguien, que es mucho. Se excusó del Termidor diciendo que lo toma a modo de analgésico, ya que tenía una operación muy reciente en la pierna (visiblemente destruída), pero no me importó. Tomar toman todas las personas que conozco que tienen más de 15 años, y conmigo, no hay nada que justificar. Mientras me enumeraba las cosas que necesitaba (que eran varias), vi que a un par de metros había un “chino”, así que le propuse guardar lo que tenía y que entremos juntos al mercado, así él me guiaba mejor. Se levantó de un salto con una sonrisa hermosa, me preguntó si hablaba en serio y sin dejar que conteste gritó “Te agradezco tanto”.

Es un ser particular. O no. Pero en el sentido de que, generalmente, la persona que pide mantiene un tono de voz en el que se minimiza, se sobrevictimiza (con razón, claro) y hace todo lo posible para causar una mezcla de lástima y a la vez agradecimiento para con la personas que decide ayudar. Él, en cambio, siempre me habló como un igual, como un amigo, un botija al que conozco desde siempre y me encontré oportunamente para ayudar, por más que me haya nombrado al hijo y sus necesidades varias veces. Mientras yo acomodaba sus cosas en la bolsa que tenía, vi cómo se arreglaba. Sí, se metió la remera en el pantalón, y se acomodó el pelo todo lo que pudo. Entramos juntos, charlando, entretanto, yo intentaba acordarme cuánta plata tenía conmigo o incluso, si tenía. Saqué del bolsillo un billete de 100 y tácitamente acordamos que todo iba a estar destinado a él. El dueño intentó sacarlo. Me preguntó si estaba conmigo y asentí. Sin perder tiempo en comentarios sobre ese pequeño/gigante acto de desconfianza, nos concentramos en lo que necesitaba. Casi todo para el hijo, según iba relatando. Agarró un surtido de galletitas, siempre apuntando al más económico. Varios paquetes de fideos, algunas latas de alimentos envasados, aceite y pan. $82 al mercado para darle los $18 restantes. Abrazo mediante me agradeció nuevamente a lo que agregó “Te debo una”. Ya cuando estaba lista para seguir mi camino hasta el subte, corrió como pudo hasta mi: “No te pregunté tu nombre”. “Valentina, Vali”. “Vali, Mariano”. Sonrisas, media vuelta y ahora sí, seguí mi rumbo.

Hay algo que yo nunca sentí en esas situaciones en las que todos dicen que uno debería sentirse bien. Fueron varias las veces que hice cosas así. Desde los viajes a Chaco con el colegio, hasta los centavos que le pueda dejar a alguien en el tren, nunca sentí esa “satisfacción de dar”. Lo que sí siento es la alegría de conocer gente. Cuando doy plata al que pasa por ahí, no lo conozco. Lo que me traigo de Chaco no es el hecho de que ahora tengan ropa, o que tengan una huerta. Son las charlas. Las mías con Severo, ese enano con el que pasaría mi vida entera charlando. Ese enano que quiere ser arquitecto y todavía, con 13 años, no sabe la tabla del 7 (bah, ¿alguien la sabe?). Me llevo los partidos de fútbol, las guitarreadas. Pensar en eso me saca sonrisas hasta en el subte lleno, yendo a la facultad a las 7 de la mañana. Hoy no me cambió saber que Mariano iba a llevar comida a la casa. Me cambió conocer a Mariano, que tenga un nombre, una historia, una tibia y un peroné quebrados por sacar a su hijo del camino de un colectivo.

Hace ya varias semanas llegué tarde a la facultad porque en la estación de Palermo se bajó un señor con un serio problema para caminar (parecido a mi abuela), estaba solo y decidí ayudarlo. No me fui contenta de haberlo ayudado a bajar los eternos conjuntos de escaleras que van desde el andén del tren hasta el andén del subte. Me fui contenta de haber conocido a Luis, un simpático 70 añero de Hurlingham a quien le encantó conocer “Paisano de Hurlingham”, canción que me ayudó a calmarlo cuando estuvo parado en el mismo lugar por casi 7 minutos sin poder despegar el pie, y ya me quedaba sin consuelos para darle. Me quedo con las historias de su nieta Ayelén quien está terminando la carrera de enfermería, lo que lo llena de orgullo -se le quebraba la voz cuando hablaba de ella-. Me quedo con Matias, el chico que conocimos en el subte y tomó la posta cuando yo me bajé en Facultad de Medicina y ellos siguieron hasta 9 de julio. Matias, que en realidad iba hasta Catedral pero decidió bajarse con Luis y acompañarlo para después caminar las cuadras restantes hasta su trabajo, un cafe a la vuelta del Cabildo.

No sé si será por alguna extraña forma de egoísmo que tengo, de quedarme con las cosas buenas para mi y no las cosas buenas para el otro. Simplemente no me pasó nunca, o sigo esperando, sentir esa sensación de satisfacción después de un acto desinteresado. Y sí me pasa de sentirme bien de irme con una persona más en mi vida, por más que jamás la vuelva a ver.

V-