El relato de Horacio en los oídos de fanáticos de los Beatles

Sería un buen nombre para una banda indie.

Un día me desperté con ganas de hacer todo mal. Así que, faltando a compromisos, partí a la ciudad. Un rato después estaba entrando a un museo que, sigo sin entender cómo, captó mi atención. No, el MoMA no. Tampoco el Met, o el Guggenheim: me metí, descaradamente y descuento como estudiante de Artes Liberales mediante, al Whitney Museum of American Art. Sin entender muy bien cómo están distribuidas las muestras, me metí al ascensor y me bajé aquella primera vez que se abrieron las puertas. Di con una exhibición de fotografía; posiblemente, mi arte preferido —por encima de la música. Si el día en el que me impuse hacer todo mal fuese una persona, ya me empezaba a cagar a bifes, llevándome a un muestra que disfruté más de lo que me hubiese permitido.

Dando por concluido mi rato cultural, corrí al Starbucks más cercano—porque no se puede ser una niuiorquer hecha y derecha sin saber dónde están todos y cada uno de los Starbucks en la ciudad— sabiendo que ofrecen agua caliente gratis. Me metí a un subte que casi cerraba sus puertas y no fue hasta que me senté que comprendí que me apuraba sin ninguna razón. Mi próximo compromiso debía ser emprendido a partir de las 7, y a todo esto, eran las 5.

Di directo con la entrada del parque por la que me convenía entrar, y sentí un enorme orgullo propio, que ahora mismo me da vergüenza, de haber descifrado las incontables variables para salir de las plataformas del subte que me llevaron a salir precisamente donde quería. El spot es el conocido Strawberry Fields, el memorial—y atractivo turístico— a John Lennon. Quizá, mi rincón preferido.

Sí. Mi rincón no es un bar infesto de esos a los que tengo que ir pasadas las 2 de la mañana para poder escuchar algo interesante, o una esquina grafiteada poco conocida y por ende más interesante que las demás esquinas grafiteadas. Mi rincón es el rincón de muchos, estén de pasada o instalados. Es un rincón que aparece en los brochures de I ❤ NY. Tampoco me importa lo suficiente como para explicar por qué es de mis lugares predilectos.

Acompañada por mi leal juego de mate y termo, me dispuse a escuchar a un duo—uno, un corpulento señor que nunca había visto— que, supongo por la hora, se daban el “lujo” de no tocar alguna canción de los Beatles o de John, sino que zapaban muy tranquilos. Cuando me vieron con la guitarra en andas, mi llamaron. Fui. Me preguntaron si quería tocar y mi primera reacción fue decir que no, que gracias, pero me insistieron y, para sorpresa mía, tres segundos después estaba desenfundando la viajera. Cinco segundos después estábamos tocando Blackbird. Un rato después, el gordo señor futuro votante de Trump me presentaba a otra argentina—cuándo no— con la que descaradamente cantamos un tema de Charly.

La cuestión llegó cuando ya casi no quedaba nadie, el sol se escondía muy bien entre los árboles y habíamos entrado en charlas ridículamente políticas. Me preguntaron qué era eso que habíamos cantado, les conté quién es Charly y me pidieron si podía tocar alguna otra canción argentina. Elegí, vaya uno a saber por qué, Pabellón Séptimo. Realmente no tengo mucha idea qué pensé mientras levantaba la guitarra y acomodaba los dedos en forma de Re para empezar a cantarla. Costumbre, quizá.

Cuando me di cuenta, esa soledad se había transformado en un aglomerado de gente que respetuosamente escuchó la canción, sin importar que haya sido en otro idioma, que no sea de los Beatles o de John, o que no haya sido cantada por alguno de los célebres artistas callejeros que tienen “alquilado” ese spot. Una pareja de americanos casi sacados de libro de texto —ella de vestidito y botas, él, camisa manga corta blanca y jean, ambos gordos— se sentó en lo que ya había dejado de ser el banco de los músicos y era ahora un banco con bolsos y fundas. Mirándome, casi contemplándome, me preguntaron sobre la canción y escucharon con mucha atención y sorprendente interés lo que yo pude contarles. Mientras yo relataba, ella frenó a otras dos parejas que venían con ellos para que escuchen. A la pasada, un uruguayo, percatado de mi argentinidad se acercó y me dijo “Temón”.

Creo yo, para el final de una explicación que no pudo haber durado más de cinco minutos, había entre 10 y 15 personas escuchándome.

Miré la hora. Eran las 7.30. Me paré, saludé y combiné el A y el D para llegar al Bronx, donde jugaba Pirlo. A veces, o siempre, cuando quiero hacer las cosas mal, termina saliendo todo espectacularmente bien. Qué contradicción que, por ende, haya triunfado en mi tarea de hacer todo mal.

 

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¿Quién fue?

¿Quién diseñó el mundo? Si hubiese sido yo, esas luces no estarían allá. Este lugar no sería la York más nueva. Se llamaría “Aquel lugar donde hace mucho calor y mucho frío. Donde las hojas de los árboles son naranjas y mañana se tapan con nieve. Donde dos ríos juntan sus aguas sin mezclarlas. Donde sube el terreno al mismo tiempo que se hace amigable para andar y el aire se calienta. Donde una persona son miles. Donde lo más importante es la felicidad de alguien que no existe. Quizá por eso, una oda a la abstracción. A lo absurdo. A lo gigante. Aquel lugar bien chiquito pero eterno. Aquel lugar tan parecido a casa que quizá lo haya sido desde siempre.” Podría usar un acrónimo para facilitar ese nombre, se ve largo, aunque preciso. De cualquier manera, en mi mundo no existe la prisa, así que puedo usar un nombre aun más largo. Nadie se molestaría. Nadie llega tarde siendo que el concepto no existe. La gente y los animales y los vientos coinciden entre sí por la mera decisión de los primeros y el movimiento de la Tierra—que no se llama Tierra— y no por alguna aguja. Cuando alguien, en un brote psicótico que lo llevó al Viejo Mundo por un segundo, pregunta qué hora es, se le dice “La que quieras que sea”. Para ese entonces, ya volvió en sí. Cuando una nueva cara llega a la orilla, se le ofrece un vaso con agua, un lápiz, un papel, una manta y una historia; todos quieren contar su historia cuando llegan, pero también, por algún motivo, les atrae escuchar. En ese caso, la historia, escrita en cualquiera sea su dialecto, estará escrita en aquel papel, que irá a parar a papelería—también llamada Biblioteca— donde miles de historias, en miles de idiomas, reposan. No existe la casa. La gente duerme donde encuentran la cama más a mano al momento en el que el cansancio toca la puerta. No hay día o noche: hay luz y oscuridad. Dos condiciones que son solo una curiosidad. Las actividades no se inician ni se detienen con la llegada de uno u otra. Cuando la oscuridad se hace obstáculo, se espera—unos 20 minutos en el Viejo Mundo— hasta que el ojo se adapte. Llegado un momento de la oscuridad, el ojo verá con la misma precisión que durante la luz. El ojo—el querido ojo— no quiere ver muchas cosas que ve, y se consuela bañándose en agua salada. A veces esa agua cae sin permiso y moja el rostro entero. Cuando eso pasa, está permitido correr y gritar. Alguna vez vi a alguien romper una ventana. Sentado en los vidrios, secó su cara, se levantó y arregló lo que hizo. Los vidrios quedaron tirados. Siempre hay alguien que se encarga de limpiar cuando lo que ensucia es peligroso. Suelo ver siempre a los mismos, cada tanto suman algún primo. Me pregunto si habrán formado algún círculo. Espero que no.

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