¿Quién fue?

¿Quién diseñó el mundo? Si hubiese sido yo, esas luces no estarían allá. Este lugar no sería la York más nueva. Se llamaría “Aquel lugar donde hace mucho calor y mucho frío. Donde las hojas de los árboles son naranjas y mañana se tapan con nieve. Donde dos ríos juntan sus aguas sin mezclarlas. Donde sube el terreno al mismo tiempo que se hace amigable para andar y el aire se calienta. Donde una persona son miles. Donde lo más importante es la felicidad de alguien que no existe. Quizá por eso, una oda a la abstracción. A lo absurdo. A lo gigante. Aquel lugar bien chiquito pero eterno. Aquel lugar tan parecido a casa que quizá lo haya sido desde siempre.” Podría usar un acrónimo para facilitar ese nombre, se ve largo, aunque preciso. De cualquier manera, en mi mundo no existe la prisa, así que puedo usar un nombre aun más largo. Nadie se molestaría. Nadie llega tarde siendo que el concepto no existe. La gente y los animales y los vientos coinciden entre sí por la mera decisión de los primeros y el movimiento de la Tierra—que no se llama Tierra— y no por alguna aguja. Cuando alguien, en un brote psicótico que lo llevó al Viejo Mundo por un segundo, pregunta qué hora es, se le dice “La que quieras que sea”. Para ese entonces, ya volvió en sí. Cuando una nueva cara llega a la orilla, se le ofrece un vaso con agua, un lápiz, un papel, una manta y una historia; todos quieren contar su historia cuando llegan, pero también, por algún motivo, les atrae escuchar. En ese caso, la historia, escrita en cualquiera sea su dialecto, estará escrita en aquel papel, que irá a parar a papelería—también llamada Biblioteca— donde miles de historias, en miles de idiomas, reposan. No existe la casa. La gente duerme donde encuentran la cama más a mano al momento en el que el cansancio toca la puerta. No hay día o noche: hay luz y oscuridad. Dos condiciones que son solo una curiosidad. Las actividades no se inician ni se detienen con la llegada de uno u otra. Cuando la oscuridad se hace obstáculo, se espera—unos 20 minutos en el Viejo Mundo— hasta que el ojo se adapte. Llegado un momento de la oscuridad, el ojo verá con la misma precisión que durante la luz. El ojo—el querido ojo— no quiere ver muchas cosas que ve, y se consuela bañándose en agua salada. A veces esa agua cae sin permiso y moja el rostro entero. Cuando eso pasa, está permitido correr y gritar. Alguna vez vi a alguien romper una ventana. Sentado en los vidrios, secó su cara, se levantó y arregló lo que hizo. Los vidrios quedaron tirados. Siempre hay alguien que se encarga de limpiar cuando lo que ensucia es peligroso. Suelo ver siempre a los mismos, cada tanto suman algún primo. Me pregunto si habrán formado algún círculo. Espero que no.

Processed with VSCO with m5 preset

Advertisements